Le agradaba el movimiento que realizaban las bocas de las dos señoras al discutir. Era fascinante ver como competían por quien realizaba mas estrafalarias muecas o cual de las dos movía mas rápido sus labios y también por extraño que parezca cual de las dos exhibía ''discretamente'' su lengua para empapar los resecos labios y continuar con esa competencia absurda. También le agradaba ver como los imperceptibles granos de polvo invadían sus bocas en cada bocanada de aire, necesaria o no, que le daba un toque dramático a la tonta discusión.
Pero sin duda alguna lo que más disfrutaba era saber que ella había provocado aquello, esa competencia. Saber que ella tenía el poder para poner a las dos ancianas en contra y solo por un pequeño comentario. Se sintió importante e invencible con semejante poder, y aspiro a mas ¿Qué sucedería si decía algo de mayor importancia? ¿Qué caos generaría?
El placer la invadía. Sonrió al ver como las viejas amigas discutían acerca de la vajilla rota; y sonrió aun mas al oír los pasos de alguien venir. Era el momento, daría el golpe final e involucraría a todo el que se acerca a ella. Le entusiasmaba la manipulación que cernía sobre otros.
Pero justo cuando pensaba dar su golpe maestro él fue quien apareció. Con sus comentarios livianos despejo todo el ambiente tenso que había, las dos ancianas al tener la intención del prodigio de la familia olvidaron la discusión y comenzaron a hablar sobre los logros del joven, se retiraron de la habitación como si nada hubiera ocurrido y rieron contando anécdotas sobre los viejos tiempos.
La joven manipuladora quedo a solas con el joven amable y todo quedo en silencio. Ya no se podía oír a las ancianas discutir o los parientes en la habitación de al lado, solo se escuchaban sus respiraciones, era como si todos hubiesen desaparecido excepto ellos. La muchacha se dijo que era mejor así, la gente en general la hastiaba y el muchacho solo pensaba en saciar su sed, por lo que saco una botella de la heladera y se sirvió de la gaseosa en un vaso a rayas negras y blancas, del juego que le había regalado su madre a la dueña de casa para navidades. Le ofreció a ella un poco pero esta solo lo miro irritada. Ese chico siempre frustraba sus planes. Siempre aparecía en momento más oportuno, siempre decía el comentario apropiado para aligerar el ambiente, siempre, siempre, siempre…
Lo miro enojada y se fue de la habitación dejándolo estupefacto.
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