Se llamaba Melancolía. Estaba sola en el mundo desde que tuvo la independencia para estarlo. Vivía en un espacio desolador, seco y ventoso. Desde que está allí el tiempo nunca ha cambiado, siempre ha sido así; el cielo de ese extraño color bordo, y solo su angosto montículo de tierra interminable, como sus raíces. Su atadura a ese lugar.
Sus raíces son interminables, o tal vez terminaran en el extremo de ese mundo, pero podría decirse que son interminables. Melancolía sabía que no podía huir, sus raíces de seguro no se lo permitirían. Pero a veces, solo unas pocas, lo deseaba.
Extrañaba lo que nunca tuvo. Lo que nunca hubiera tenido y todo lo que hubiera tenido. Lo extrañaba.
Su madre y sus hermanas tienen nombres hermosos. Viven en lugares hermosos. Y son de colores hermosos. En cambio a ella le ha tocado ser la primera que debía habitar ese inhóspito lugar y debía hacerlo sola hasta que otro llegara a hacer le compañía. Pero quien sabe cuánto tardara en llegar ese otro. O si llegara.
Pocas veces algo ocurría en ese lugar. Cuando Melancolía se encontraba confundida, triste o perdida ese desolador lugar donde vivía, cambiaba. Un viento cálido la envolvía y la acariciaba, dándole apoyo.
Había llegado el día. Otro llegaría. Desde el interminable fondo de sus raíces una pequeña semilla comenzaría a dar frutos y por fin saldría otra pequeña florcita. Melancolía esperaba ansiosa el momento.
Y sucedió. Poco a poco fue abriéndose paso la esperanza, estirando con timidez su delgado y fuerte tallo. Irguiéndose ante aquel lugar, con mucha fuerza, nació Compañía. Sus pétalos de un alegre color anaranjado resplandecieron e inundaron todo ese espacio de una calidez nunca antes sentida.
Fue poderoso, como una explosión. En cuanto Melancolía rozo a Compañía esta se esfumo y se fusiono con aquel lugar. Melancolía estaba sorprendida. Lo que ella tanto había estado esperando se esfumo. Se fue, dejándola otra vez sola.
Pero Melancolía se equivoco. Ella no estaba sola. Estaba con Compañía. Toda esa calidez nunca se fue. Se quedo allí, apoyándola. Haciéndole compañía. Desde aquel momento ese lugar cambio. Sus cielos siguieron siendo de ese color bordo, su montículo siguió siendo interminable, siguió habiendo un aire seco y mucho viento. Pero comenzó a ver una sensación de calidez constante, una energía prácticamente imperceptible para aquel lugar, pero no para Melancolía. Porque ella sabía que nunca más estaría sola.
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